Oaxaca. La tragedia del descarrilamiento del Tren Interoceánico sigue cobrando vidas. Este 1 de enero de 2026 se confirmó la muerte de una mujer de 73 años que permanecía hospitalizada por las graves lesiones sufridas en el accidente ocurrido el pasado 28 de diciembre en el Istmo de Tehuantepec. Con ello, la cifra oficial de personas fallecidas se elevó a 14.
El siniestro ocurrió cuando el tren se salió de las vías en una zona de curvas, provocando que varios vagones volcaran y otros quedaran severamente dañados. El impacto fue devastador: más de un centenar de pasajeros resultaron lesionados, varios de ellos de gravedad, y decenas continúan bajo atención médica especializada.
La víctima más reciente presentaba un cuadro de politraumatismo severo, con múltiples fracturas, y pese a los esfuerzos médicos, perdió la vida a consecuencia de complicaciones derivadas de sus lesiones. Su fallecimiento vuelve a sacudir a las familias afectadas y reabre el debate sobre las condiciones reales de seguridad en las que opera esta obra emblemática.
El proyecto del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec fue presentado como un detonante de desarrollo y conectividad para el sur del país. Hoy, el discurso del progreso contrasta con el dolor de las víctimas y con preguntas que siguen sin respuesta: qué falló, quién supervisó y si se privilegió la prisa sobre la seguridad.
Mientras las autoridades aseguran que hay investigaciones en curso y promesas de apoyo para los deudos, en el Istmo persiste la indignación. Para muchas familias, ninguna compensación económica puede reparar la pérdida de una vida ni borrar la sensación de que esta tragedia pudo evitarse.
El descarrilamiento no solo dejó vagones destrozados sobre las vías de Oaxaca; dejó al descubierto fisuras más profundas en la planeación, supervisión y responsabilidad de un proyecto que hoy carga con una pesada deuda humana.



