En el Senado no corren solo iniciativas: también corren los chismes, y esta vez llegaron con rímel, secadoras y mucho spray. Todo por la aparición de un salón de belleza improvisado dentro del recinto legislativo, equipado como si fuera backstage de pasarela.
Oficialmente, la presidenta de la Mesa Directiva salió a decir que el lugar solo brindaba “servicios básicos” para quienes vienen desde otros estados. Pero la explicación resultó más plana que un alaciado exprés. En los pasillos la duda era otra: ¿quién demonios tuvo la ocurrencia?
La versión que más fuerza tomó fue la más sabrosa: que la idea habría salido de la siempre mediática Andrea Chávez, quien —según rumores legislativos— habría impulsado el espacio como “un apoyo a la imagen institucional”. Y, claro, nada se habría movido sin el presunto visto bueno del entonces poderoso Adán Augusto López. Dicen que cuando él aprobaba algo, hasta las puntas abiertas se cerraban solitas.
Andrea, por su parte, lo negó todo con dramatismo digno de telenovela: que ella se peina en su casa, que su Dyson está para eso, que ni sabía que había estilistas rondando por el Senado. Pero ya se sabe: en política, mientras más lo niegan, más huele a tinte recién aplicado.
La historia se puso todavía mejor cuando elementos de seguridad clausuraron la estética en cuanto se hizo pública. Cortaron la luz, cerraron la puerta y dejaron el letrero sin glamour. Literal: ni un retoque más.
¿Un capricho legislativo? ¿Un spa morenista? ¿Un proyecto de imagen disfrazado de servicio público? Nadie lo confirma, nadie lo niega… pero todos lo cuentan.
Entre risas, cuchicheos y uñas acrílicas frustradas, el salón de belleza del Senado ya se ganó un lugar en la política mexicana: el único espacio donde los peinados duran poco… pero el chisme dura para siempre.




