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Y un mes después: “Espero, porque yo sé que mi hijo está vivo y será maestro…”

26 octubre, 2014
en Nacional
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Acapulco, Guerrero, 26 de octubre (SinEmbargo).– Apenas pasó los 17 años, el muchacho dejó atrás el viento del sur que sopla sobre la diminuta nación huave y tomó camino hacia Ayotzinapa justo como hiciera, dos décadas atrás, su padre Manuel Martínez. Padre e hijo compartirían las mismas razones para alejarse de San Mateo del Mar, Oaxaca. Pasarían las noches en los mismos dormitorios atestados de muchachos de ojos negros y ansiosos. Descubrirían a Marx y Engels con el mismo pensamiento azorado y bajo la misma mirada satisfecha de los mismos maestros. Luego de cuatro años, se reunirían en la misma casa en cuyo norte quedaron enterradas sus placentas. La vida giraría alrededor de las duras sequías, de las exiguas lluvias, de los ruegos a la Virgen de la Candelaria y a San Mateo y las súplicas dirigidas hacia el Cerro de Bernal donde, todo mundo ahí lo sabe, habitan en matrimonio las ánimas anteriores a Hernán Cortés. Mucho tiempo después, sus cuerpos descansarían en el lindero norte del panteón del pueblo, porque el norte es para los hombres huaves. Y también lo son la derecha y el trueno. El sur, la izquierda y el viento son de las mujeres huaves. Pero el destino se torció y ahora el muchacho está a cientos kilómetros de los camarones y el maíz, de su placenta y de su madre. El chavalo podría estar, con otros 42 como él, en algún pedazo de Guerrero en que a la tierra le huele la boca a muerte. En tanto, su padre se aferra y es un hombre completamente intransigente en dos aspectos relacionados con su hijo: decir el nombre del muchacho y hablar de él en pasado. La noticia llegó rápida, el mismo 26 de septiembre. Como pudo, el hombre tomó camino de la costa a Iguala y esperó encontrarse con su muchacho, uno de los más jóvenes. Ya había fallecido uno y, horas después, alrededor de las 11 de la noche, se confirmaron las muertes de dos más. Había lesionados y fracturados. En ese momento se hablaba de la desaparición de 57, pero la cifra se redujo en los siguientes días a 43. Los demás habían escapado y logrado refugiarse en el campo. Unos llegaron a sus casas, en las rancherías de Guerrero adentro ciertos de que la muerte andaba suelta como perro sin dueño. Desde entonces, cada fosa nueva rellena de muertos en Guerrero es una nueva razón para que la tragedia se desenmascare bien y una nueva posibilidad para justificar la esperanza. Se espera que un hombre que llore a su hijo desaparecido sea un hombre viejo, pero Manuel Martínez apenas pasa los 35 años de edad. Su hijo tiene 17 años, es uno de los muchachos más jóvenes entre los desaparecidos, varios de ellos estudiantes del primer semestre de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos.

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