Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados. –Mark Twain, escritor estadounidense.
Hegel en La Fenomenología del Espíritu relataba una brevísima historia denominada “la dialéctica del amo y el esclavo” en la cual ilustraba cómo es que desde el primer momento de la historia existe en el ser humano un deseo innato de dominación. Con esto se pretendía explicar cómo es que existen las jerarquías, la dominación, el sometimiento y el poder. En resumen, aquel ser que tenía más deseo de dominación que miedo de morir terminaba sometiendo y esclavizando a aquel ser que tenía más miedo de morir que ganas de dominar.
El ser humano, tan posmoderno como hoy lo conocemos, no ha dejado atrás su deseo de dominación. Las armas persisten y los caudales de sangre corren, pero también corren los ríos de tinta entremezclada con veneno, los coléricos gritos de odio y la ofensiva de la manipulación mental. Sí, porque también querer imponer nuestras ideas y creencias en otros por medio de periodismo faccioso, la ridiculización, el descredito, el miedo, el odio hacia los sentires y pensares de otros con el afán de jalarnos a nuestro lado es manipulación, es violencia, es intolerancia y es sometimiento.
El individuo se vuelve pequeño ante los hechos, el individuo se vuelve invisible ante las interpretaciones. Ante el suceso se fragua una lucha de versiones que quieren ser verdad histórica, una lucha entre la versión del gobierno, la versión de ciudadano, la versión de los medios, la versión de los afectados, la versión del que protesta y hasta contra la versión de aquel que sólo sabe que no sabe nada. Veritas desde el olimpo disfruta de una gresca de interpretaciones hasta que un tlacuache hace de su milenaria figura mera mitología.
Un marsupial violentado y volador bastó para acabar con la grilla, para desvanecer en sombras a la muerte, para desvanecer a los encapuchados, para sepultar a los defensores de la versión gubernamental, para sepultar a los defensores de la versión quejosa, para sepultar a los defensores de la versión de los medios chatarra y los medio inclinados –por no decir empinados- a los polos del poder político o empresaria. Un tlacuache de un festival sanguinario ajeno al conflicto terminó dejando en el olvido un conflicto que pintaba para ser un escándalo global.
Don tlacuache y una mente ociosa demostraron como en ocasiones somos nosotros mismos víctimas de nuestra propia manipulación. Queremos encontrar grandes conspiraciones, queremos culpar a los otros de nuestra desgracia, queremos defender a muerte una idea impuesta y al final terminamos por dejarnos llevar por una pulsión de automanipulación. Nuestro peor enemigo es la egolatría y la intolerancia y están dentro de nosotros mismos. Puede que un ser súper dotado de tenga la razón universal y aun así no tiene derecho de forzarnos a creer. No se puede obligar a nadie a creer, no se puede obligar a nadie a tener la razón, no se puede obligar a nadie a ser libre.
(@TruGMA)



