Muchos que quisieron traer luz, fueron colgados de un farol. -Stanislaw Jerzy Lec, escritor polaco.
La intolerancia es definida como la actitud de una persona que no respeta las opiniones, ideas o actitudes de los demás sino coinciden con las propias. Dice un buen amigo que es el calor de los tiempos electorales lo que hace que esas opiniones dispersas germinen como intolerancia generalizada. Así, generalizada, pues puede ser intolerante tanto uno de derecha como uno de izquierda; un rojo, un azul, un amarillo, un verde, un turquesa o un naranja. Aunque hay unos más intolerantes que otros, porque como decía Napoleón -el cerdito-, todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros.
La intolerancia nace disfrazada de razón; la intolerancia crece disfrazada de conciencia; la intolerancia se prolifera disfrazada crítica. El intolerante cree que está un paso por encima de todos, cree que tiene la calidad moral de juzgar y un nivel intelectual superior para criticar; en el mejor de los casos. En el peor de los casos el intolerante critica porque no entiende, porque no sabe, porque no cree, por moda, por presión social o porque no quiere parecer idiota aunque termine no sólo pareciéndolo sino demostrándolo.
Científicamente existe un efecto llamado Dunning-Kruger, que es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, incorrectamente midiendo su habilidad por encima de lo real. Quizá por eso siempre quien tiene éxito es comúnmente denominado por el vulgo como “pendejo”. Aunque, vamos, como dijera otro buen amigo, “yo también quiero ser un pendejo”.
La intolerancia tiene un sendero y ese sendero sólo lleva a un destino, ese destino es el odio y; el odio sólo conduce a la violencia y; la violencia termina en la muerte. Por eso debemos tener cuidado, debemos reflexionar nuestras críticas y cuidar de no pecar de intolerantes. Al final de cuentas, toda guerra comienza con un sujeto que no está de acuerdo con lo que piensa, cree o siente otro.
Es sencillo identificar la intolerancia, el intolerante cuando critica ridiculiza, ofende o minimiza. El intolerante destruye; siempre es más fácil destruir que construir. El intolerante es opositor de todo e impulsor de nada. El intolerante divide, separa, diferencia y clasifica, porque no entiende que todos somos uno. Quizá sea por eso que siempre ganan los “malos”, porque están unidos y, los “buenos” están perdiendo el tiempo en encontrarse diferencias para terminarse tachando entre ellos como “malos”. Y me pregunto, ¿en verdad los buenos son los buenos y los malos son los malos?
Alguna vez dijo Jiddu Krishnamurti: “la violencia no sólo es matar a otro. Hay violencia cuando uno emplea una palabra agresiva, cuando hace un gesto de desprecio a una persona, cuando obedece porque tiene miedo… Cuando dice que es indio, musulmán, cristiano, europeo o cualquier otra cosa, está siendo violento. ¿Sabe por qué es violento? Porque se está separando del resto de la humanidad. Cuando se separa a sí mismo por creencia, por nacionalismo, por tradición, eso genera violencia.” Entonces, entre más “ismos” profeses y más “ista” te sientas, más esclavo serás de la intolerancia, el odio y la violencia.
Los antiguos griegos construían la verdad en la discusión de las ideas, en la fiesta de la palabra, en el debate. Pero el debate debe ser responsable, tolerante y constructivo. Los soliloquios y los discursos no pretenden construir, pretenden imponer y, es en los grandes discursos y de la boca de grandes oradores de donde han salidos los más grandes brotes de odio e intolerancia. Han sido las grandes enseñanzas de los profetas las que han generado más muertes, odio, violencia, terrorismo y guerras.
Estos tiempos de apasionamiento electoral no elijamos el sendero de la intolerancia; porque la intolerancia es la voz de la ignorancia. No existen sabios ni tampoco idiotas; existen idiotas por sabios y sabios por idiotas. Así que no caigamos en fanatismos intolerantes, hay que abrir bien los ojos y tengamos bien presente que si bien la oscuridad no nos permite ver, el exceso de luz puede dejarnos ciegos. (@TruGMA)



