Ciudad de México.— La llamada duró 15 minutos, pero exhibió horas de nerviosismo en Palacio Nacional. El gobierno de México buscó el contacto directo con Donald Trump después de que el republicano volviera a insistir en la idea de “enviar soldados” a territorio mexicano y agitara, otra vez, la narrativa de una posible intervención bajo el pretexto de combatir a los cárteles.
La respuesta mexicana fue la de manual: soberanía, coordinación sin subordinación y el argumento constitucional de la no intervención. Desde Palacio se aseguró que cualquier cooperación con Estados Unidos debe mantenerse dentro de márgenes definidos y sin presencia de fuerzas militares extranjeras operando en México.
Hasta ahí, lo obvio. Lo político —y lo incómodo— es lo que vino después: el gobierno se “remite” a la Constitución para lavarse las manos de manera temerosa, como si la Carta Magna fuera un muro infranqueable solo cuando el susto viene de fuera. Hoy sí conviene citarla, hoy sí se vuelve escudo. Cuando estorba en la vida pública diaria, la Constitución suele ser flexible, reinterpretada “a modo” o simplemente ignorada según convenga.
La Constitución es clara en materia de política exterior: el Estado mexicano se rige por principios como la autodeterminación de los pueblos, la no intervención y la proscripción del uso o amenaza de la fuerza. Y sí, ante cualquier insinuación de intromisión, esa línea debe sostenerse sin titubeos. El problema no es invocar la Constitución: el problema es hacerlo selectivamente, con un respeto que aparece solo cuando hay presión internacional.
La llamada también dejó otra lectura: México no discute desde la fuerza, sino desde la contención. El mensaje es “no crucen la línea”, mientras del lado estadounidense crece la presión pública, el discurso duro y la exigencia de resultados inmediatos contra el crimen organizado. Y cuando el vecino más poderoso amenaza, el gobierno mexicano corre a la “no intervención” como quien se cubre con un paraguas en medio de un huracán.
En resumen: México se blinda con la Constitución porque Trump aprieta. Lo sensato sería que ese mismo respeto constitucional se notara igual de firme todos los días, no solo cuando el golpe viene desde Washington.



