Es lícito violar una cultura, pero con la condición de hacerle un hijo. -Simone de Beauvoir, novelista e intelectual francesa.
Hace unos días por razones laborales asistí a la nueva Ciudad de México a la entrega de preseas Sor Juana Inés de la Cruz 2015 que entrega la Secretaría de Cultura del CEN del PRI. Es decir, el motivo de mi vista era de carácter cultural en estricto apego a mis obligaciones fundamentales. El evento fue un éxito, pues los artistas invitados y de manera particular los galardonados –a pesar de no ser priistas en su mayoría- disfrutaron en sobremanera el reconocimiento que la institución política les hace pues ninguna otra lo está haciendo.
No obstante el motivo de este texto es la cautivante belleza del mundo subterráneo de la Ciudad de México. Una de las cosas que más disfruto cuando visito la gigantesca capital son mis paseos turísticos en el metro de la Ciudad de México. Me gusta perderme, ver a los viajantes, unos como si nunca fueran a morir, otros como si se les estuviera yendo la vida de las manos, otros en un estatus límbico entre la vida y la muerte, pero inmersos en una marea de carne, sangre, sonidos, gritos, ruidos, silencios que son asesinados por el chillar de los frenos de los trenes, vendedores de productos que en su precio ocultan mil misterios y sobre todo almas que viajan a algún lado aunque no sepan a donde.
En definitiva la Ciudad de México no puede entenderse como una CDMX cuando en realidad existen dos ciudades, la de arriba y la de abajo; temo admitir que la de abajo es más bella y compleja que la de arriba. Y es que al pasear entre andenes te llevas sorpresas bárbaras, te enamoras, te enojas, sonríes a un desconocido, te dan “cariños” no solicitados, escuchas un piropo y en ocasiones, si tienes un poco de suerte, ves a las personas más exóticas, extravagantes, misteriosas y excéntricas que verás en tu vida.
Pero esta ocasión como no me había pasado en mis otros viajes, el metro terminó sorprendiéndole más que con sus escaleras de piano, su túnel de la ciencia o las masas zombificadas del metro Pantitlán a las 8 am. Me sorprendí de encontrarme en pleno metro Balderas una joya de la cultura. Estaban ahí, ante mis ojos los grandes clásicos de la literatura a costos muy bajos en un modesto puesto que bien podría vender revistas. Un pequeño puesto en el metro enfrentándose a la gran batalla de la cultura, rompiendo con el establishment de la comunidad artística haciendo la cultura accesible a las masas desde el incentivo más básico, abaratando el acceso a la cultura.
La desilusión nace cuando estos grandes esfuerzos aislados nos comentan cómo la burocracia gubernamental cobra espantosos precios altísimos a los promotores de la cultura que sólo tratan de despertar conciencias vendiendo libros. Por eso hago un llamado a las autoridades de la Ciudad de México para que ojalá utilicen el sentido común y que por vez primera en muchos años hagan algo bueno para su sociedad, que subsidien parte de la renta de los libreros de metro y con ello hagan accesible la cultura a este pueblo Mexicano tan hambriento de aprendizaje y deseoso de sumergirse en la cultura. (@TruGMA)



