La opulencia terminó hablando más fuerte que el discurso. La presidenta municipal de Othón P. Blanco, Yensunni Martínez Hernández, protagonizó una boda que ha sacudido al ámbito político de Quintana Roo: una celebración privada y fastuosa en el exclusivo complejo turístico Hotel Xcaret México, cuyo costo se estima en alrededor de 4 millones de pesos, en abierta contradicción con la austeridad que Morena presume como bandera y con los llamados de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, para que sus gobernantes se conduzcan sin lujos ni excesos.
Mientras su administración promueve cada 14 de febrero bodas colectivas gratuitas como símbolo de cercanía con el pueblo y apoyo a las familias, la alcaldesa optó por un concepto diametralmente opuesto: una boda de alto perfil, en uno de los resorts más exclusivos del país, con paquetes que incluyen ceremonias en escenarios naturales, cenas privadas, bebidas premium, ambientación de lujo, flores especializadas, mobiliario de alto costo, hospedaje cinco diamantes y acceso a parques temáticos.
Lejos de ser un evento modesto o discreto, se trató de una celebración blindada y cuidadosamente producida. Testimonios de asistentes señalan que incluso el traslado de algunos invitados al complejo turístico habría sido cubierto por la propia organización, elevando aún más el costo final de la fiesta. El mensaje es claro: no fue una boda cualquiera, fue una demostración de poder adquisitivo y de privilegio.
La ceremonia unió a Yensunni Martínez con Carlos Cruz Osorio, entrenador de la Universidad Autónoma de Quintana Roo, y representa su segundo matrimonio, tras haber concluido su relación con David Hernández Solís, ex presidente del DIF Municipal y actual secretario de Organización de Morena en Quintana Roo, quien además es hermano de la presidenta municipal de Felipe Carrillo Puerto. Es decir, no se trata solo de un evento personal, sino de un movimiento dentro de un entramado político y familiar de primer nivel.
Todo esto ocurre en un contexto en el que la llamada Cuarta Transformación insiste en la austeridad como código moral y político, y en el que Sheinbaum ha reiterado que los gobernantes deben evitar lujos y actos ostentosos que los separen de la ciudadanía. Sin embargo, una boda valuada en millones de pesos, en un destino de lujo, envía un mensaje totalmente contrario: distancia, privilegio y una vida muy lejos de la realidad de la mayoría de los chetumaleños.
Mientras en el discurso se exaltan las bodas colectivas gratuitas como símbolo de igualdad y justicia social, en los hechos la presidenta municipal elige celebrar en un entorno que solo una minoría puede pagar. El contraste es brutal: unos se casan en fila, en ceremonias masivas promovidas por el Ayuntamiento; otros, en jardines de lujo, con servicio de primer mundo y cuentas millonarias.
Y ahí aparece la pregunta política de fondo, la que inevitablemente tendrá que responderse tarde o temprano:
si el salario de presidenta municipal no alcanza para pagar una boda de 4 millones de pesos,
¿de dónde salieron esos recursos para financiar la fastuosa celebración?




