Manuel Agustín Trujillo Gutiérrez
Las democracias observan más cuidadosamente las manos que las mentes de quiénes las gobiernan. -Alphonse de Lamartine, político francés.
Te prometo que ya voy a cambiar, de verdad te lo prometo, no te volveré a fallar. Al leer esa plegaria, ¿en quién pensaste? En tu pareja, en tu ex, en un amigo, en un deudor, en un empleado torpe, en ti mismo ante otra persona, en un partido político, en un servidor público, en tu diputado, alcalde, gobernador o senador. Las posibilidades son infinitas y las escusas tan diversas que se podría escribir un libro al respecto. Lo cierto es que la política ha prometido cambiar desde que la política misma existe y los políticos han prometido cambiar desde que colgaron su primer lona, pegaron su primera calca y doblaron su primer silla.
Les mentiría si les digo que la política no ha cambiado. La política cambia, siempre cambia y su cambio es constante y en ocasiones imperceptible. Puede que en verdad no parezca tan diferente un césar de un dictador o un rey de un presidente empoderado, pero lo son, las diferencias son mayúsculas aunque los vicios sean resistentes a los cambios. Tan corta es la vida y tan larga es la política, que nuestra percepción de los cambios se ve limitada por nuestro envejecimiento y sobre todo nuestra muerte. Así es, los cambios se han venido desarrollando de una manera lenta y constante hasta el siglo XX, donde todo pareció acelerar de manera incontrolada. Tan es así que tan rápido como nació el neoliberalismo, tan rápido que lo estamos enterrando.
En el caso de los políticos las condiciones son diferentes. Para algunos el cambio es la constante, es decir, para los artistas, los poetas, los músicos, los inadaptados, los diferentes; para la mayoría de los políticos no es así. El político encuentra una fórmula, la aplica, gana una elección y la repite hasta su primera derrota, después comienza a desvanecerse en el horizonte político mientras es remplazado por alguien con una fórmula diferente. No pasa nada si un político se casa con una fórmula exitosa, el asunto es que en la política como en el salón de clases el copiar una fórmula del papel del otro se ha vuelto una pésima costumbre que sigue sucediendo, pero sigue sucediendo porque sigue funcionando y se sigue votando por ellos.
Los seres humanos somos entes frágiles y con una temporalidad minúscula en comparación inclusive con la vida de una tortuga. Aquella música que disfrutábamos en la adolescencia la seguimos disfrutando en nuestra vejez, pero odiamos la música nueva que disfrutan las nuevas generaciones. No es que la nueva música sea mala, sino que hay que adaptarse. El mundo está cambiando y la sociedad evoluciona a una velocidad escalofriante, que cuando uno se da cuenta la vanguardia ya nos ha dejado demasiado atrás. Lo mismo que sucede al que degusta la música le sucede al que hace política, la sociedad avance, rebasa y deja atrás, no perdona lo anticuado.
El político tiene dos opciones, cambiar o morir. Para el político joven es la paciencia la mayor virtud, para el político viejo es la resiliencia el mayor encanto. Entonces, en política hay tres cortes, aquel que encuentra la fórmula mágica y se queda, aquel que rompe paradigmas y va encontrando nuevas fórmulas y aquel que imita aquellas que funcionan. Pero ante este animosidad hay una natural incredulidad social. Palabras y más palabras, sí, el discurso siempre lo cambian con tal de ganar, pero una vez triunfados repiten lo que se hizo mal. Ya basta, ya fue demasiado, el cambio discursivo tiene que venir acompañado por un cambio de imagen y sobre todo un cambio de actuar. La política 2.0.1 es disruptiva, va a atreverse a cambiar. (@TruGMA)



