Es difícil encasillar a Carlos Hurtado como se suele hacer con las personas por las actividades que realizan. Y lo es porque se dedicó a muchos asuntos o temas que le apasionaban, a veces hasta dos o tres o cuatro actividades distintas y de forma simultánea. De este modo, no sólo era escritor, o periodista. Sino que también ejercía de empresario, constructor (desde su faceta académica de Arquitecto), o artesano, cineasta. Crío pájaros ornamentales que llenaron su pequeño rancho en la salida a Mérida, tanto como su casa y las recámaras suya y las de sus hijos.
Diseñaba camisas que le cosía su esposa Claudia, y confeccionaba bolsos de cuero de excelente y único gusto. Emprendió en varias ocasiones proyectos editoriales.
Fundó las revistas `Suma de Quintana Roo´, de que la fui colaborador por invitación suya; así como `Tropo a la uña´, de corte estrictamente literario.
Escribió crónicas, cuentos, novelas, y puso su cariño por las letras y la cultura a disposición de otros escritores y creadores a los que ayudó a editar algún libro, desde la Casa del Escritor que fundó y dirigió, o bien en el Instituto de Cultura de Cancún, que también estuvo a su cargo.
Tratando de hallar un concepto que pudiera describir lo que hacía Carlos Hurtado, por sus muchos y variados intereses, recordé la pasión con la que hablaba de todos esos asuntos. Y caí en la cuenta de que todas sus actividades eran una especie de juego en el sentido más lúdico de la palabra.
Jugaba a ser escritor y lo hacía con la seriedad y el rigor que necesita el oficio. Jugaba a ser pajarero y dedicó años de su vida a criar numerosas especies, al grado de que era consultado cual médico veterinario si alguien tenía un ave enferma.
Jugaba a ser peletero y hacía carteras y bolsas que se vendían como pan caliente por su originalidad. Y como todos los niños, sabios en el arte de jugar, tenía esa capacidad de contagiar el entusiasmo por sus proyectos para sumar a otros en una meta común.
Ya lo he escrito antes. Fue gracias a él y a su generosidad que pude entrevistar a Gabriel García Márquez, pues pudo contactarlo de la manera más curiosa cuando el fallecido Nobel de las letras visitaba Cancún, luego de acudir a un Congreso de la Lengua en Zacatecas. Me llamó, junto a Miguel Ángel Meza para acompañarlo a la cita. “Gabo me dijo que llevara como máximo a otros dos amigos, para poder platicar… dice que con más no se puede conversar bien”.
Difícilmente recuerdo algún momento sombrío en el se quejara de las dificultades que entraña dedicarse al juego de la literatura en una ciudad que tiene más cantinas que librerías. El se divertía y llevaba sus proyectos hasta el mejor término para emprender inmediatamente otro, o para mantener en marcha los que empujaba a la par. Sobrevivió siempre como quien juega sin preocuparse por la seriedad de un trabajo con horario de burócrata y tarjeta para checar entrada y salida.
Le asaltó la muerte con una agresiva enfermedad que le puso de tajo los pies en la tierra. Todos los juegos terminan, y a él le avisó un cáncer fulminante que era la hora de terminar.
Su hijo Carlos Hurtado `Chak´, me dijo que dejó una novela terminada que estaría por entrar a impresión pronto. Se llama `La casa de los pájaros´.
Y mientras esperamos que se publique su último juego literario, me conforto recordándolo y contándome entre sus amigos. @Antoniocallejo



