Ciudad de México. La crisis de la televisión abierta en México no es pareja ni democrática. Mientras el modelo tradicional se desmorona frente al streaming y la fuga de audiencias, dos gigantes históricos viven realidades opuestas que dejan al descubierto algo más profundo que un problema de negocios: la cercanía —o lejanía— con el poder político.
De un lado está Televisa, que pese a la caída de ingresos y el desgaste de su esquema clásico, mantiene oxígeno financiero y atractivo para los mercados. Conserva calificación crediticia, acceso a capital e inversionistas institucionales que siguen apostando por la empresa aun cuando sus resultados operativos muestran tensiones claras. No es solo resiliencia empresarial: es respaldo estructural.
Ese respaldo tiene nombre y apellido: política. La relación histórica de Televisa con el poder ha sido constante y rentable. Publicidad oficial, cercanía con gobiernos en turno y presencia de sus directivos en espacios estratégicos de promoción económica configuran un blindaje que va más allá de la pantalla. En el tablero mediático mexicano, Televisa sigue siendo un actor funcional al sistema.
En contraste, TV Azteca enfrenta la peor crisis de su historia. Adeudos fiscales multimillonarios, litigios internacionales, opacidad financiera y una credibilidad prácticamente rota ante inversionistas han colocado a la empresa contra la pared. La televisora que durante años fue contrapeso mediático hoy lucha por sobrevivir.
La diferencia no está solo en las cifras, sino en la relación con el poder. Ricardo Salinas Pliego, dueño de TV Azteca, pasó de aliado visible del gobierno a crítico frontal de la llamada Cuarta Transformación. Ese rompimiento tuvo costo inmediato: aislamiento político, reducción de respaldo institucional y una narrativa oficial que dejó de ser indulgente.
El mensaje es claro. En la televisión mexicana ya no basta adaptarse al mercado digital ni reinventar contenidos. La supervivencia depende, en buena medida, de la alineación política. Televisa navega la tormenta con salvavidas; TV Azteca lo hace a contracorriente y sin red.
En un país donde el poder y los medios históricamente se han retroalimentado, el abismo entre estas dos empresas no es accidental. Es la fotografía cruda de un modelo donde la cercanía al poder sigue marcando quién resiste y quién se hunde.




