Una derrota peleada vale más que una victoria casual. –José de San Martín, militar y político argentino.
Hace ya un par de años participaba en un concurso estatal de oratoria, ante esto, mi papá me dijo que en política se puede todo menos perder. Esa tarde con el ánimo encendido, después de arduo trabajo, meses de estudio y preparación, puse el alma en mi voz, deposité mi prestigio en manos del jurado y hablé desde lo hondo de mi corazón… pero qué creen, esa tarde perdí por primera y única vez un estatal. Las palabras de mi padre retumbaban en mi cabeza, aquella recomendación de retirarme invicto, de cuidar mi prestigio, de no entrar a batallas en las que no hay certeza de ganar, fueron ignoradas por mis ganas de competir, de luchar, de vencer, cuando irónicamente terminé vencido. La derrota derrotó mi soberbia, me hizo darme cuenta que no todo era tan bueno como creía, que había que estar en constante preparación, mejoramiento, capacitación y profesionalización porque nunca se toca techo, pero buscando las alturas siempre se puede tocar o estrellarse con el suelo. Ante eso, levantarse, sacudirse y seguir luchando.
Como en cada contienda existen ganadores y perdedores, los vencedores y los vencidos, los triunfantes y los derrotados. El éxtasis contenido en el júbilo de la victoria hace que muchas veces se olvide el propósito fundamental de la misma o la razón básica por la que se compite año tras año. El aturdimiento de la derrota confunde y transforma; confunde porque no distingue entre aliados, enemigos, traidores y leales, y transforma porque a partir de neófitos, crea por panspermia analistas y cazadores de brujas. Por último los “analistas” se congratulan de actos proféticos, mientras que otros tratan de entender lo sucedido pero los más andan tratando de encontrar mensajes, de leer resultados, de encontrar culpables y de pedir cabezas.
Ganar es ganar, pero dejando la lógica simplista de lado y tratando de entender las aristas de la victoria, los vencedores antes de entregarse al júbilo, a los festines y al vino, deben de partir de un minucioso análisis de la victoria. No es lo mismo ganar con contundencia por la magnificencia de nuestros estrategas que ganar debido al suicidio periódico de nuestros adversarios. Tampoco se debe caer en la argucia de la soberbia, ni en la embriagues del triunfo, aquella soberbia que nos hace creer invencibles, todo poderosos y listos para acribillar en la siguiente batalla. Como muestra basta ver que quienes ayer vencieron hoy fueron derrotados, pero que tras la reflexión de la derrota y la soberbia del victorioso, los que hoy perdieron con seguridad ganarán mañana.
Distinta es la tarea de los vencidos, caer en el cliché de que no se deben de buscar culpables es como quererse curar una herida de daga con saliva. Sí se deben buscar culpables pero no para cazar brujas sino para derribar egos y construir autoestimas. Se deben encontrar las grietas para resanarlas pero si el daño es muy profundo se debe destruir para construir de cero. La arrogancia y la soberbia hacen daño al individuo, creer que todo se sabe y todo se puede, denota una inocente ignorancia infantil que puede desmoronar una dinastía o peor, un prestigio. Existe una notable diferencia entre perder y estar muerto, y aquí nadie ha muerto. Las derrotas y las crisis son inmejorables oportunidades de redención, de reforma, de reconstrucción y de transformación. El exhaustivo análisis interior es el que nos permitirá identificar las pifias para comenzar a construir el camino a la mayor de las victorias, la reafirmación del ser. Porque en política también se puede perder, pero sólo si eso representa un paso para ganar. (@TruGMA)



