Ciudad de México.– La libertad de prensa en México atraviesa uno de sus momentos más críticos en décadas. El país cayó al lugar 122 de 180 en la clasificación mundial de 2026, confirmando un deterioro sostenido que ya no puede maquillarse con discursos oficiales.
El retroceso no es menor. México se consolida como uno de los entornos más hostiles para ejercer el periodismo, donde la violencia, la intimidación y la impunidad forman parte del día a día de quienes informan. La cifra es contundente: más de 150 periodistas asesinados y al menos 28 desaparecidos en lo que va del siglo.
Aunque en apariencia el país subió ligeramente en el ranking respecto al año anterior, la realidad es otra. La mejora responde al desplome de otras naciones, no a avances internos. En términos reales, la libertad de expresión sigue debilitándose.
El problema es estructural. La violencia no solo proviene del crimen organizado; también se alimenta de un entorno político que presiona, desacredita y, en muchos casos, abandona a los periodistas a su suerte. La protección institucional es insuficiente y, en algunos casos, inexistente.
El resultado es un ecosistema informativo en riesgo, donde investigar temas sensibles —como corrupción, narcotráfico o abuso de poder— puede convertirse en una condena. Informar en México dejó de ser solo una profesión: es un acto de resistencia.
A nivel global, la libertad de prensa vive su peor momento en 25 años, pero el caso mexicano destaca por su combinación de violencia extrema e impunidad. No es solo un problema de cifras, sino de voluntad política para garantizar un derecho fundamental.
El lugar 122 no es un número más. Es el reflejo de un país donde la verdad incomoda, donde la prensa es vulnerable y donde ejercer el periodismo puede costar la vida.



