La salida de Marx Arriaga Navarro de la Dirección General de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) no se reduce a los pleitos por los libros de texto ni a su confrontación con Lorenzo Córdova. En el fondo, lo que detonó su caída fue un cálculo político mayor: evitar que Estados Unidos vincule al proyecto de la 4T con el chavismo encabezado por Nicolás Maduro y con estructuras financieras asociadas a Alex Saab, señalado por Washington como operador clave del régimen venezolano.
Durante meses, Arriaga acumuló fricciones. Primero, por la ideologización de los Libros de Texto Gratuitos bajo el paraguas de la llamada Nueva Escuela Mexicana. Después, por la inclusión de referencias políticas que terminaron en tribunales. La Suprema Corte obligó a modificar contenidos, evidenciando que la narrativa educativa había cruzado líneas jurídicas sensibles.
Pero el problema dejó de ser pedagógico y se volvió geopolítico. En un contexto donde Estados Unidos ha endurecido su política contra redes vinculadas al gobierno venezolano, cualquier funcionario con supuestas afinidades ideológicas o cercanías discursivas con ese entorno se convierte en un factor de riesgo. La sola posibilidad de que Washington utilizara la figura de Arriaga para construir una narrativa de alineamiento entre la 4T y el chavismo encendió alarmas.
El relevo, entonces, no fue una sanción técnica ni una simple reestructuración administrativa. Fue un movimiento preventivo. Un corte quirúrgico para blindar al gobierno mexicano de señalamientos internacionales que pudieran escalar a terrenos diplomáticos o financieros.
Arriaga intentó resistir. Defendió su proyecto educativo como parte del legado político que buscaba consolidar. Sin embargo, en política exterior no hay espacio para simbolismos ideológicos cuando el costo puede traducirse en presión bilateral.
En términos claros: no se fue por los libros. Se fue porque su permanencia abría la puerta a que Estados Unidos asociara a la 4T con el entorno político y financiero de Nicolás Maduro. Y en el tablero internacional, esa percepción pesa más que cualquier debate educativo.





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