Ciudad de México.— México enfrenta uno de los brotes de sarampión más agresivos de su historia reciente, un repunte que no cayó del cielo: es el resultado directo de años de caída en la vacunación infantil y de una política pública que, durante el sexenio pasado, desmanteló la cobertura preventiva mientras se enviaban mensajes ambiguos —e incluso contrarios— a la vacunación.
La expansión del virus es contundente: miles de contagios confirmados en los 32 estados y decenas de muertes, principalmente entre niños pequeños que nunca recibieron el esquema de inmunización completo. El sarampión, una de las enfermedades más contagiosas del mundo, encontró terreno fértil: generaciones sin refuerzo y comunidades enteras que quedaron sin protección.
¿Por qué ocurrió?
Porque México dejó caer el umbral mínimo indispensable para contener un virus de esta magnitud: una cobertura superior al 95%. Años atrás se había advertido que, al bajar ese nivel, el país abriría la puerta a un brote. Y eso fue exactamente lo que sucedió.
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, las campañas de vacunación sufrieron retrasos, recortes y desabasto. A esto se sumó un discurso público que, en más de una ocasión, sembró dudas o minimizó la importancia de las vacunas, alimentando la desinformación y debilitando la confianza de miles de familias. El resultado fue una tormenta perfecta: niños sin esquema básico, padres confundidos y un sistema preventivo fracturado.
La pandemia de COVID-19 terminó de profundizar el rezago: consultorios cerrados, programas suspendidos y familias que no pudieron completar dosis. Hoy, esos vacíos se pagan con contagios que avanzan como fuego en pastizal seco.
Las autoridades sanitarias se ven obligadas ahora a aplicar campañas emergentes, reforzar la vacunación casa por casa y lanzar estrategias de “dosis cero” para jóvenes que jamás recibieron la primera aplicación. Todo esto para intentar reconstruir en meses lo que debería haberse mantenido durante años.
El repunte del sarampión es un recordatorio brutal: cuando un país deja caer su sistema de vacunación, los virus que creíamos derrotados vuelven a cobrar vidas. Y esta vez, el costo lo pagan las familias más vulnerables.
México tiene el tiempo contado para contener el brote y evitar perder su estatus como país libre de sarampión. La única salida es clara: recuperar la confianza pública, elevar la cobertura por encima del 95% y blindar, de una vez por todas, las campañas de inmunización frente a caprichos políticos y discursos que ponen en riesgo la salud nacional.




