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Persecución de “El Chapo” devasta poblados de Durango

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Su casa se impregnó al olor de la pólvora por los disparos que desde un helicóptero de la Marina cayeron sobre sus techos, rompieron ventanas y se incrustaron en sus paredes. Martha Marbella Valencia está resuelta, dice,  a romper con su matrimonio de ser necesario antes que retornar a la comunidad del Verano, en la sierra de Durango, donde vivía.

Martha Marbella nació en el municipio de Cósala, desde donde cuenta su historia tras llegar a buscar refugio. Ella, junto con casi mil pobladores de las comunidades del Águila, El Sauz, la Sierrita, Limón, la Piedroza y el Verano abandonaron sus hogares aterrados por  los operativos de la Marina que buscan en esas zonas a Joaquín Guzmán Loera, alias ‘El Chapo’.

Marbella, junto con sus tres hijos, dejó desde el pasado 6 de octubre su comunidad, y con ella la peor pesadilla de su vida, que vivió abrazada de su más pequeña hija Cristel, de un año ocho meses de edad.

“Tenía veinte años, cuando abandoné mi hogar por irme tras el Mono (Gabino, su esposo), hasta El Verano, pero ahora, tengo miedo, por mí y mis tres  hijos, la mayor de doce”, dice con temor.

Su conyugue, nativo de El Verano, cultiva granos de temporal y posee un pequeño hato de ganado vacuno. Él tampoco se atreve incursionar a su tierra natal para buscar sus animales, ante el temor de ser víctima de alguna confusión con grupos delictivos que buscan en esa región.

Con treinta y dos años de edad, Martha Marbella Valencia Sámano le aterra evocar las horas de angustia y terror que vivió, junto con su pequeña,  al ser blanco de los disparos de marinos desde un helicóptero que en forma continua sobrevoló sobre su casa.

Aquella noche del 6 de octubre, primero empezaron continuos sobrevuelos de pequeños aviones y helicópteros sobre el pueblo, cuenta.

“Con mi niña en brazos salí de la casa al momento que un helicóptero descendía, los tripulantes al verme nos dispararon, por lo que corrí a esconderme en la parte de atrás… Era un enorme aparato, con números y letras en su panza, en su trompa, tenía una especie de dibujo como de tiburón”, recuerda la señora Valencia.

“Ellos veían, desde el aire, mis pies que salían del muro, donde me oculte, por lo que continuaron disparando, varias balas, perforaron los techos de lámina”.

Luego se armó de valor para cambiar de escondite, junto con su pequeña Cristel.

“Crucé en segundos un enorme el patio, hasta alcanzar el baño, el cual tiene techo de concreto, ahí, me acomodé con mi hija, atrás de un enorme tambo lleno de agua”, dice a La Silla Rota.

En ese nuevo refugio lloró, grito e imploró con toda su fuerza que cesara el ataque. Nadie la atendió.

La aeronave volvió a los minutos a incursionar sobre su propiedad, y los impactos que alcanzaron una de las paredes del baño, donde se ocultaba, la sacaron de su trance.

“En ese instante, la imagen de mi hijo Rodrigo, de siete años, quien una horas, salió con su abuela y una vecina a cortar elotes en una milpa cercana, me alteró más por no saber si ellos se encontraban bien”.

Lo mismo sucedió, al percatarse que su esposo, quien desde muy temprano salió a su al campo y al cuidado de su ganado, aún no había regresado a su hogar.

Se armó de fuerza y volvió a cruzar el enorme patio, hasta internarse en la casa.

“Tiré unas cobijas en el piso, en una recámara, bajo una  cama y mi acosté con mi hija”.

A media noche, unos leves toquidos a su puerta la volvieron a inquietar. Era la hija de su vecina, cuya madre caminaba “como zombi” con el rostro desencajado, no emitía ninguna palabra, por lo que le dio albergue.

Los aviones pequeños y los helicópteros, continuaron casi toda la noche dando vueltas en el cielo a baja altura.

Ella y su vecina, con sus respetivas hijas, caminaron con temor entre  milpa  y corrales de ganado para no ser vistas hasta llegar a la parte trasera de  la casa de su suegra, pero esta no respondió a sus llamadas.

“Nos quedamos inmóviles por varios minutos, al escuchar una especie de murmullos que se acercaban, eran otras vecinas que se concentraban  en la casona más grande del poblado, donde sus habitantes tenían un celular, por lo que las seguimos”, añade.

En ese domicilio, se concentraron todas las mujeres de El Verano con sus hijos, en total 17, en virtud que sus maridos no retornaron a sus hogares, porque huyeron a esconderse al monte.

El rostro, de Martha Marbella, recupera su semblante sereno contar el rencuentro con su pequeño hijo Rodrigo, quien permaneció con su abuela y otra mujer ocultos entre las siembras de maíz  por varias horas.

“Mi familia que vive aquí en  Cósala pensó que era una broma lo que les relaté por celular, e incluso se rieron de mí”.

La mayor parte de las mujeres buscó vía celular hablar con familiares de Tamazula y Sinaloa, en busca de ayuda hasta que se les agotó la batería.

“Tírense al suelo si ven un helicóptero o alcen las manos”

A la mañana siguiente, dice Martha Marbella, marinos descendieron de un helicóptero que aterrizó en la antigua secundaria, ubicada en la parte alta del poblado, y  recorrieron el lugar. Argumentaron buscar a un “don, sin citar nombres” que se movía con un grupo armado.

“Justificaron los disparos, bajo el argumento que respondieron a una agresión que surgió en su contra desde ese punto”.

“Un oficial, me acompañó a mi casa, para constatar los daños por las balas, en el trayecto temblaba de miedo, pensé lo peor… Tengo fotos, que me tomaron con un celular, de los impactos de bala que se incrustaron en mi casa, sobre todo en el techo de lámina”.

El marino, dice,  le  pidió la descripción del aparato de donde provenían los disparos, y el elemento le dijo que ellos buscaban a esa aeronave.

El jueves 8 de octubre, por la mañana, los marinos volvieron a incursionar por el pueblo a bordo de Raises y Cuatrimotos, equipos todo terreno y lanzaron una advertencia a los pobladores: no podían abandonar el lugar.

A la señora Valencia Sámano se le quedaron grabadas las palabras emitidas por los marinos: “si ven un avión o un helicóptero tírense al suelo o levanten las manos”.

También les recomendaron, agrega, no intentar abandonar sus hogares porque en caso de salir en vehículos desde el aire los podían hacer explotar.

“Ya presenté, ante la Procuraduría General de la República la denuncia respectiva, me ofrecieron que van a investigar, pero me aclararon que es un proceso lento”, menciona.

Los poblados del Aquila, Jacale, la Piedroza, El Sauz Viejo, La Lima, el Limón, La Sierrita y el verano por espacio de tres días, permanecieron sitiados por fuerzas federales, con sobrevuelos continuos.

Caravana de ayuda.

Una caravana de auxilio, encabezada por el presidente de la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos de Sinaloa, Leonel Aguirre Meza, logró cruzar los cinco puntos de revisión hasta llegar a las comunidades serranas más alejadas de Tamazula.

María Cristina N, de 53 años, otra pobladora de El Verano que llegó a refugiarse, recuerda que veían las camionetas para huir pero como no había hombres en el pueblo para manejarlas no las podían usar.

Entonces se fueron algunos caminando, otros con ayuda de los defensores de derechos humanos.

El trayecto es de 50 kilómetros, pero en camioneta se hacen 4 horas por lo accidentado del camino. Y caminando varios días.

Leonel Aguirre Meza cuenta  que durante la travesía por cerros y cruce de arroyos fueron encontrando familias que caminaron por horas entre el monte, en plena huida de sus hogares, aterrados por los operativos de la marina.

Asegura que las autoridades municipales les brindaron a las primeras 250 personas desalojadas de la sierra de Durango colchonetas, cobijas, alimentos y acondicionaron las instalaciones del DIF como albergue temporal.

Crece el éxodo de familias de la sierra.

En sólo una semana el éxodo de familias que se autoexiliaron en el municipio de Cósala creció a casi mil personas, la mayoría de ellas se ubicaron en hogares de familiares y parientes cercanos.

Una lista de ocho personas, todas del sexo masculino y la mayoría de la comunidad del Limón, circula entre los desplazados como desaparecidos. Incluso la foto de la credencial elector de uno de ellos es distribuida.

Roberto López Trujillo, oriundo de Cósala, pero avecindado en la ranchería del Borregal, en Tamazula Durango, es reportado por su familia como desaparecido.

Los nombres de Jesús Elías Medina, de La Calera, Alan Roberto López Trujillo, Mario Núñez Meras, José Quiñonez Romero, Catalino Jaquez Escobar y Francisco Antelo Jaquez, todos ellos, del Limón, también están en la lista de desaparecidos.

Gerardo Vargas Landeros, secretario general de Gobierno, asegura que algunas  de las personas reportadas como desaparecidas han sido ubicadas e integradas con sus familiares.

Sobre la atención a los desplazados afirma que varios de ellos recibieron asistencia médica por presentar inflamación en piernas, lesiones menores y deshidratación por largas caminatas bajo los rayos del sol.

Con apoyo de los gobiernos de Durango y Sinaloa en forma periódica las familias de los desplazados reciben despensas alimentarias, ropa, medicamentos e insumos de limpieza a través del sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF)

La mayoría de los desplazados se resisten a retornar a sus lugares de origen.

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