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Imaginemos la Corrupción

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No sabemos dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro. Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa. –Octavio Paz, Premio Novel mexicano.

Podría escribir sistemáticamente sobre la corrupción, datos duros, cifras contundentes, encuestas de percepción, números y demás. Sin embargo creo que desde la frialdad de los números no podría llegar a darle la profundidad y humanidad que el mensaje necesita. La corrupción más que vicio, degeneración o podredumbre, se ha vuelto un tema cultural que -a pesar de quien pueda ofenderse- se encuentra arraigado en muchos mexicanos.

No pocos políticos a los largo de la historia moderna de la política mexicana han manifestado que la corrupción es el principal problema de México y que debe ser abatida. El planteamiento es seguro correcto, lo incorrecto es lanza el posicionamiento desde una posición de pulcritud e integridad moral que pocos o nadie puede presumir. Pues todo aquel que se quiera meter a limpiar (la política mexicana) invariablemente se va a ensuciar.

Desde el sujeto, es decir el “yo”, la corrupción es vista siempre como algo ajeno, un problema recurrente, gravísimo, y que nos afecta a todos pero del que “yo” no formo parte, o bien soy víctima y espectador. El problema es que hasta mis veinticinco años de existencia no conozco a ser alguno que se considere a sí mismo como “malo” y si así lo hiciere, siempre encuentra justificación entre las motivaciones para realizar actos perjudiciales para los ajenos.

Bajo el planteamiento anterior mencionado, la corrupción es vista siempre a nivel macro; el político que mete a su compadre a un gran puesto, el empresario que da dinero a un gobernante para conseguir un proyecto, el usurero que presta a quien sabe que jamás podrá pagar, el banquero que se endeuda para declararse en bancarrota, entro otras. También existen los lugares comunes y los ya clásicos romanticismos morales de encontrar la corrupción en lo cotidiano; el casero que favorece a la vecina bonita, el infractor que le da una mordida al tránsito, la señora que se forma en dos filas del supermercado, el taxista que te lleva por la ruta más larga para cobrar más, el ciudadano que cobra programas sociales que no necesita entre muchas otras.

Para fines prácticos la corrupción es corrupción tanto en lo macro como en lo micro. Lo interesante del tema no es lo evidente sino lo profundo, ¿de dónde surge la corrupción? Para muchos es una idea amorfa llamada “sistema”, es decir, así es el sistema y por pertenecer a el hay que corromperse. Para otros es un mal exclusivo de la clase política que al tener contacto con los de a pie termina por corromperlos. Y para algunos otros la corrupción deviene del viejo dicho “el que no tranza no avanza” es decir, es un tema cultural arraigado en nuestra mexicanidad.

Para un servidor la corrupción parte de los intereses, del ego. El punto de partida es un interés personal, familiar o de grupo. Nuestras motivaciones parten de saciar una necesidad, cubrir una carencia o lograr un anhelo. Lo anterior deviene en lo que llamaré un fin. La corrupción no nace del fin en sí, sino en la forma de conseguir el fin; no confundamos con la frase no frase de Maquiavelo “el fin justifica los medios”. El medio se elije en base a distintas aristas, entre ellas la urgencia, el interés y lo necesario; aunque también puede ser motivado por un capricho hedonista o una frivolidad.

Regresemos al ego, el ego es el motor fundamental de lo que llamo “corrupción chiquita” o vil corrupción. Cuando nuestros intereses personales, familiares o de grupo se sobrevienen, la corrupción asecha. Cuando el interés es urgente, necesario o anhelado, la percepción del resto del otro desaparece y, comenzamos a pensar solamente en nosotros. El ego nos ciega y comenzamos a maquinar por instinto de supervivencia, por salir de un apuro, por conseguir un favor futuro, por llegar rápido a un objetivo. El problema es que cada decisión tomada en base a nuestros intereses termina por dañar los intereses del resto, lo que encadena otras acciones corruptas por otros individuos para compensar su pérdida y termina volviéndose parte del cotidiano.

Entonces, si la corrupción es cultural, cómo se combate. Las vías son muchas, las cotidianas son las penas, los castigos; cárcel al corrupto, despido u otras medidas que no le quitan lo corrupto ni terminan con la corrupción, sólo la cambian de lugar, Luego los estímulos positivos; premiar a los íntegros, dar asensos, vacaciones y otras prebendas como motivaciones. Pero ante la ambigüedad de la corrupción, la corrupción pública y política se vuelve evidente y castigable pero la corrupción chiquita pasa inadvertida ante nuestros ojos y en ocasiones nosotros somos los infractores y lo ignoramos.

Entonces, el combate a la corrupción es tan profundo y ambiguo como la corrupción misma. Si la corrupción es cultural, su solución también es cultural. La solución a la corrupción es un asunto cultural y hasta filosófico, debemos de dejar de educar a los individuos para competir e instruirlos más en trabajar en equipo, entender conceptos magnos y no minúsculos. El objetivo de vida del individuo debe centrarse en la concepción de él mismo como individuo de una especie cuyo mayor interés debe ser el bienestar general de dicha especie, aún si las decisiones para llegar al bienestar general favorezcan a sus intereses personales o no.

Pero ante aquel supuesto podemos comenzar a dar por perdida la batalla contra la corrupción. Porque podremos llenar todas las cárceles de corruptos, podemos premiar a cuantos santos queramos, pero mientras exista un individuo con intereses personalistas habrá corrupción chiquita. Entonces, quizá el tema no sea tratar de acabar con la corrupción, sino por empezarnos a preocupar por el de al lado, por los compatriotas, por los conciudadanos, por nuestros hermanos de raza y especie, por el bienestar general de la sociedad y menos por nosotros mismos.

En medida que la cooperación simbiótica entre individuos para generar beneficios para otros individuos (política) comience a funcionar más por el interés general que por el particular, la corrupción poco a poco se irá diluyendo y poco a poco seremos una sociedad mejor, más equitativa y más justa. (@TruGMA)

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