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Guerra de Corea: los soldados de Estados Unidos desaparecidos en el conflicto a los que sus hijos llevan décadas buscando

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Una guardia de honor esperaba al avión en la base que Estados Unidos tiene en Osan, en Corea del Sur. En él venían los restos de decenas de soldados estadounidenses fallecidos durante la Guerra de Corea (1950-1953).

La repatriación es el último movimiento en la prudente diplomacia entre Washington y Pyongyang. Coincide, además, con el 65 aniversario de la firma del armisticio que puso fin a la Guerra de Corea, en la que más de 320.000 estadounidenses lucharon lucharon junto a soldados de Corea del Sur y una coalición de la ONU contra el Norte Comunista.

Miles de militares estadounidenses aún están clasificados como “desaparecidos en acción”.

En la cumbre de junio entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, acordaron la repatriación de 200 cuerpos.

Se cree que el avión transportaba los restos de las primeras 55 personas, que tendrán que ser sometidos a pruebas forenses para comprobar que efectivamente son soldados estadounidenses. Es posible que el proceso de identificación tarde años.

Los familiares llevan décadas esperado para recuperar los restos de sus seres queridos. Ahora esperan que su búsqueda termine pronto.

Las hijas de tres militares desaparecidos compartieron sus historias con Cindy Sui, de la BBC.

“Él quiere volver a casa”

Gail Embery tenía alrededor de 3 años cuando su padre, el sargento del ejército de EE.UU. Coleman Edwards, se unió a la guerra y fue dado por desaparecido unos meses después.

Su madre se volvió a casar poco después y no hablaba de él, por lo que la niña creció sin saber que tenía otro padre.

Embery lo descubrió cuando tenía 10 años y, desde entonces, ha tratado de encontrarlo.

“Es porque lo siento”, dice la mujer. “Tenía solo 18 años cuando fue a luchar por su país y perdió la vida. Es importante para mí que sepa que alguien lo ama, que lo que hizo al sacrificar su vida no fue en vano”.

La ahora anciana ha asistido a reuniones en Washington D.C., Estados Unidos, para familias de soldados que fueron tomados como prisioneros de guerra o desaparecieron.

“Lo que sé es que su batallón fue capturado en Corea del Norte y tuvieron que marchar hasta un campo de prisioneros. Mi padre ayudó a muchos hombres que no eran lo suficientemente fuertes como para hacer el trayecto. Dijeron que murió de desnutrición. Fue enterrado en un montículo, fuera del campamento cerca de un lago”, asegura.

Más tarde, Embery ingresó en la junta directiva de un grupo que trabaja para buscar e identificar restos de soldados de guerra.

“Ha sido muy difícil y muy frustrante”, lamenta.

Más de 326.000 estadounidenses lucharon junto a soldados de Corea del Sur y una coalición de Naciones Unidas durante la Guerra de Corea, entre 1950 y 1953, para apoyar al Sur contra el Norte comunista.

Los soldados estadounidenses desaparecidos figuran entre los 33.000 combatientes de la coalición aún perdidos.

Con los años, Corea del Norte ha entregado solo los restos de unos cuantos cientos de estadounidenses. Pero Embery no pierde la esperanza.

“Tengo 73 años, no siento que pueda esperar mucho más”, dice. “Quiero que sepan y sientan que es muy importante para mi padre. Él quiere volver a casa”.

La agonía de no saber

El padre de Diana Sanfilippo, teniente primero Frank Salazar, era un piloto de combate cuya unidad estaba estacionada en EE.UU.

Pero Salazar se ofreció para ir a Corea cuando tenía 29 años.

“Tengo algunos recuerdos de él jugando y bailando conmigo, lanzándome al aire y atrapándome, y dejándome rebotar en la cama”, recuerda la mujer, que tenía 4 años cuando su padre se fue.

“También recuerdo la última vez que lo vi. Tuve la sensación de que iba a ir a algún lugar peligroso y no quería que se fuera“, cuenta.

“Recuerdo que me abrazó cuando lo dejamos en la base aérea, y me dijo que me amaba y que fuera buena con mi mami”, relata.

Después de que fuera declarado desaparecido, su madre se volvió a casar y no quiso mirar atrás. “Cuando hacía preguntas, mi madre simplemente se enojaba conmigo”, detalla.

La agonía de no saber (sobre su padre) la llevó a tratar de encontrar respuestas.

Años después, otros pilotos le informaron que Salazar había estado en una misión de reconocimiento al norte de Pyongyang cuando su avión probablemente fue derribado desde tierra.

“Mi padre comunicó por radio que había fuego de artillería pesada. Pero luego ya no respondió. El piloto que estaba cerca de él no vio su avión estrellarse, nunca confirmaron que mi padre había muerto”, dice.

Después de pasar por una depresión, Sanfilippo se convirtió en terapeuta familiar. La capacitación en psicología le ayudó a darse cuenta de que tenía que volver a conectarse con su padre y aceptar su pérdida.

“Me refiero a esto como mi propia misión de búsqueda y rescate. Yo también estaba perdida y necesitaba encontrarme. Me tomó casi 20 años, pero lo hice”, asegura.

Más tarde, Sanfilippo se convirtió en piloto para conocer a su padre a través de lo que él amaba: volar. Incluso pilotó un Mustang P-51, el tipo de avión que su padre dirigió en su última misión.

Sanfilippo también ha escrito un libro sobre cómo lidiar con la pérdida de su progenitor.

Ella no cree que su padre esté vivo, pero tampoco está segura de lo contrario. Algunos prisioneros de guerra nunca regresaron incluso después del armisticio. En la actualidad, el hombre tendría 95 años.

Disipando la “nube oscura”

La única foto que Janis Curran tiene con su padre, el teniente Charles Garrison, fue tomada justo antes de que él partiera hacia la Guerra de Corea.

Era piloto de combate de la Marina y su avión fue derribado mientras trataba de proteger a las tropas terrestres de los soldados norcoreanos.

Se lanzó en paracaídas desde el avión y esperó a que un helicóptero lo rescatara. Pero el helicóptero tenía otra misión y, cuando regresó, su padre ya no estaba allí.

Se cree que cayó prisionero de Corea del Norte. Acababa de cumplir 31 años y su hija tenía 3.

“Es difícil vivir tu vida sin saber qué le sucedió a tu ser querido”, dice Curran.

Los momentos felices han sido irónicamente los más tristes para ella: su boda y el nacimiento de su hija y sus sobrinos.

“Sientes que falta esa persona. Es como si una nube oscura estuviera sobre tu cabeza todo el tiempo”, comenta.

Sus abuelos murieron pensando que él todavía podía estar vivo, y su madre falleció en 2004.

“Ojalá los restos hubieran sido devueltos cuando mi madre todavía estaba viva. Se pudo haber vuelto a casar después de que el gobierno declaró muerto a mi padre en 1954. Era muy hermosa. Pero decía que ella era mujer de un solo hombre”,dice Curran.

“Quiero que su cuerpo sea enterrado junto a los de mis abuelos y mi madre”, señala.

Fuente: BBC MUNDO

 

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