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Fabiola Cortés, o, cuando la fama que te precede te cambia el tono, las expresiones ¡y hasta te hace más joven!

Las infamias de los infames (con un poco de poder) Por Nemesio Revueltas

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Muy cierto que “alabanza propia es vituperio”, pero más cierto aún es que; buscar como fin, como medio y de inicio la alabanza de los demás para construir unos zancos para la autoestima, eso sí que es perverso, porque no embellece o cambia el rostro envilecido, por el contrario.
Y tiene características muy sintomáticas, por ejemplo, al referirnos a otros: “…este pobre viejo, por falsas denuncias y por falso testimonio…”; o, “aparentar que da su consentimiento cuando el pobre viejo nomás hacía…”
Me refiero desde luego a la forma de operar de esta “niña”, Fabiola Cortés Miranda.

Las frases descritas arriba están en los audios que acompañan la presente, es en efecto, Fabiola Cortés refiriéndose a Antonio Manrique Mac.

Que alguien llame viejo a otra persona, se presta a intuir que quien refiere, tendrá de 30 o 40 años menos, pero cuando nos acercamos a la edad de quien aludimos, ello refleja más bien la ansiedad de Fabiola por “conservarse joven”, un hecho posible sólo en novelas como “El retrato de Dorian Grey”, “Drácula de Bram Stoker”, entre otras.

Pero sobre todas las cosas, es ofensivo, denigrante, pues la calidad de “pobre”, -que además, en términos económicos es ridículamente falso-, se entiende como un calificativo de un “perdonavidas”, de un ser superior que se refiere a un “pobre imbécil”, retrasado mental, con capacidades diferentes o algo por el estilo.

Aqui el audio

Los sancos, mi estimado, sólo cambian el plano de la visión, pero el sustento, no deja de ser un pedazo inmundo de vileza y de rencor a la vida que busca embriagarse del reconocimiento externo para salir de la maloliente cueva a aullarle a la luna.
Cheque usted el tercer audio que comparto para darnos una idea de la naturaleza de la comunicadora: “entonces, a nosotrooooos como litigantes obviamente nos urge…”, ese alargar la letra “o” es la onomatopeya del muy forzado “freseo” incongruente.

¿Y MANRIQUE MAC, AMÁ?
Pues ¿qué le cuento?, que ya no aguantó; ahora la abogada y su “comitiva” ya se encargan de todo lo que tenga que ver con el tema; al parecer, el “pobre viejo” ya le midió el agua a los camotes y es consciente de que, si ha declarado con falsedad podría ser sancionado; o ya se dio por ofendido de la forma en que lo trata “la niña” Fabis.

Comentarle por cierto que acabo de recibir, recién desempolvados, otra pila de documentos que apuntan a la forma en la que opera Fabiola Cortés y que tiene que ver con favorecer a extranjeros con adjudicaciones de predios a través de figuras completamente ilegales, como lo dijimos, “lo suyo, lo suyo lo suyo, es lo que deja”; no se pierda la siguiente entrega.


¿Y ENTONCES LA MANIFESTACIÓN?
¡Ah por cierto!, aguantame un ratillo, ese es muy bueno. Le pregunto algo amable lector; ¿a cuántos abogados ha visto adoptar como medida regular el acoso a sus denunciados a través de manifestaciones o conferencias de prensa?
Digo, yo mismo he visto a algunos, pero digamos que lo hacen cuando ya no hay otro remedio; pero que un abogado interponga una denuncia y de inmediato convoque a medios, emita boletines de prensa y hasta se exhiba desgarrándose las vestiduras en público, eso ya es otra cosa.
Por eso pregunté desde la entrega anterior, ¿somos o no somos?; ¿somos tus ojos, o mi hígado?;

¿Somos tus ojos, o mi presupuesto de WANNABE?
Si la presión política se convierte en elemento válido del litigio, pues imagínese usted a dónde vamos a llegar; porque como bien se analiza, hay actos, como este, que no son ilegales, pero son apestosamente inmorales, vergonzantes y que, efectivamente, sólo una persona desprovista de moral y vergüenza los puede instrumentar.
Y no es defender al gobernador o a su familia, es señalar a Jubelás; ¿sabe usted cuántos activistas, defensores de derechos humanos, periodistas y demás mueren en México diariamente? Pero auténticos, cuando detectamos al trío Jubelás, Jubelós y Jubelum buscando la palabra clave para ostentar el salario inmerecido, o lo denunciamos o nos convertimos en su cómplice.

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