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Estudio muestra que los ricos dicen más mentiras y son menos éticos que los pobres

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Se podría argumentar que la búsqueda de la riqueza económica es el principal motivante de la sociedad moderna, algo que, por otra parte, no parece servir demasiado para conseguir lo que realmente buscan las personas: la felicidad. Se sabe que después de una cierta cantidad de dinero -la suficiente para poder vivir sin lujos, pero sin demasiado estrés-, aumentar las ganancias no se correlaciona con la felicidad. Por otro lado, tener dinero, lo que aparentemente permite tener una mejor educación, no parece estar vinculado con ser honestos y éticos. Claro que esto a muchas personas no les ha de parecer algo importante -es decir, que el dinero no haga a las personas buenas, sino que en cierta forma tienda a lo contrario, no tendrá mucho peso en su búsqueda de la riqueza, ya sea porque la moral no es algo en lo que reparen, o porque se consideran exentos de tales generalidades-. “Greed is good“, dice famosamente Gordon Gekko en la película Wall Street. Estamos bastante lejos del ideal platónico del bien y la justicia como aquello a lo cual el ser humano debe aspirar.

En un estudio realizado por investigadores de la Universidad del Noroeste en Estados Unidos se analizó la relación entre la ética y la posición socioeconómica, y se encontró que aquellas personas con mayores recursos tienden a comportarse menos éticamente y más egoístamente. La primera parte del estudio consistió en un cuestionario con preguntas como la siguiente: “El cajero de un Starbucks te dio un billete de 20 dólares por error de cambio, pero no te diste cuenta hasta un par de cuadras después. ¿Regresas a devolver el dinero? ¿Hace alguna diferencia si el dinero te lo dio un amigo y, por lo tanto, le darías el cambio extra a él? Se realizó una serie de ocho preguntas como esta, con la particularidad de que el comportamiento antiético tenía la variable de poder beneficiarlos a ellos mismos o a otra persona. También se recabaron datos sobre el nivel socioeconómico de los participantes. Los resultados en esta parte mostraron que las personas adineradas tendían más realizar una acción incorrecta cuando les beneficiaba a ellos, y los menos acaudalados, cuando beneficiaba a alguien más.

En otro experimento se le pidió a un grupo de voluntarios que participaran en una serie de tiradas electrónicas de dados a las que sólo ellos tenían acceso; si sus números igualaban 14, podían ganar 50 dólares en regalos. Alternativamente se hizo la misma prueba, pero diciendo que las ganancias serían para regalárselas a alguien más. El sistema, sin embargo, estaba arreglado para que no pudiera sumar 14. Los resultados indicaron que las personas de alto nivel socioeconómico mintieron el 47% de las veces cuando ellos mismos se beneficiaban y sólo el 5% cuando beneficiaban a alguien más. Las personas de nivel más bajo mintieron sólo el 5% cuando ellos mismos se beneficiaban y el 37% cuando beneficiaban a alguien más.

Hay que decir que esta prueba fue realizada en una ciudad europea, y quizás pudiera tener resultados distintos en otra parte del mundo. No obstante, los investigadores esbozan la tesis de que las clases altas se sienten más empoderadas y suelen crecer con cierta impunidad, por lo cual les resulta natural hacer trampa o engañar para su propio beneficio (ya que confían en que sus actos no tendrán consecuencias). Una especie de aspecto oscuro del poder. Otra razón podría tener que ver con que las personas con menos ingresos suelen tener vidas más comunitarias y auténticamente empáticas, cercanas y por ello más sensibles al sufrimiento de los demás, lo que las hace querer compartir más. Y aún más, quizá las personas acaudaladas suelen ser más egoístas, pues precisamente esto es lo que les ayuda a tener más dinero.

Fuente: pijamaSURF

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