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Con la ayuda del árbitro y Neymar

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Se le pide mucho, quizás demasiado a Neymar. Se lo compara con Messi, en una exageración que por ahora no posee sustento. Se lo pone en el centro del planeta, más aún en la previa de esta Copa del Mundo. Se le exige que sea la bandera del Brasil que tiene que ganar, sí o sí para su gente, el torneo mayor del fútbol. Se lo idolatra, es verdad, pero también lo es que sus espaldas están cargadas de una presión desmedida por la ansiedad popular.

Neymar superó con holgura la prueba de la Copa Confederaciones, el año pasado. Sin embargo, por acá estaban todos pendientes de cuáles iban a ser sus prestaciones en el Mundial. De cómo iba a reaccionar ante el debut, siempre una mezcla insufrible de tensiones, de nervios y de necesidades imperiosas. Y Neymar aprobó el examen inicial. Y la pidió siempre en medio de un equipo que jamás, en los noventa minutos, halló el camino adecuado ni los argumentos consistentes como para explicar la victoria. Y empardó la chapa, a los 29 minutos, con un derechazo bajo que fue palo izquierdo del arquero croata (se tiró tarde) y fue gol, cuando Brasil no sabía qué trole había que tomar para seguir. Y aprovechó, como nunca, un regalo llamado penal que le otorgó ese árbitro impresentable que resultó anoche el japonés Yuichi Nishimura. Y se paró delante de la número cinco, a doce pasos de Pletikosa, y no le tembló el pulso para colocarla a la derecha y doblarle las manos a su rival: 2 a 1, salvador. Y se llevó la gran ovación, a falta de tres minutos, cuando Luiz Felipe Scolari lo reemplazó por Ramires.

Los dos primeros párrafos para el 10 de Brasil casi con exclusividad se justifican. El tercero, sin duda, se lo lleva el referí. Porque vio un penal que nadie vio: Lovren trató de manotear (no pudo) a Fred, quien en realidad se tiró encima del croata y, para colmo, se dejó caer. Se jugaban 25 minutos del segundo tiempo y el 1 a 1 parecía clavado. Más de Nishimura: a los 38, cobró una falta inexistente de Olic a Julio César, que hubiera terminado en el empate de Perisic.

¿Qué había pasado antes de todo eso? Los fantasmas del Maracanazo sobrevolaron el Arena Corinthians allá por los 11 minutos, cuando el endiablado Olic dejó una vez más estático a Dani Alves y tiró un centro rasante al corazón del área brasileña, ahí donde los delanteros llegan de frente y los defensores actúan a contrapierna. Jelavic la pifió increíblemente, pero Marcelo -que estaba detrás de todo- se llevó la pelota por delante para quebrar su propio arco y para estampar el primer gol del Mundial. La defensa de Brasil, considerada por muchos como la mejor del mundo, había pagado como si fuese principiante. En una de las cabeceras altas, el grupo de croatas no creía lo que estaba viendo y lo que estaba festejando. En el resto del estadio, los sonidos del silencio conmovían.

De ahí en adelante, todo se le hizo cuesta arriba a Brasil. Que nunca se sintió cómodo con el desarrollo. Que no logró ponerle candado a Olic, quien desde la punta izquierda complicó siempre a Dani Alves y compañía. Que tuvo volantes que variaron de zona en forma permanente sin resultado. Que flaqueó en Hulk y en Fred. Scolari, para colmo, hizo cambios para no cambiar nada. Y sacó pronto a Paulinho, uno de los que al menos no tuvo las piernas maniatadas.

Croacia no se animó. Es un equipo de mitad de cancha en adelante, con buen tratamiento de pelota -con la manija de Modric- y una carta trascendente en Olic. Y es otro equipo diferente hacia atrás, con distracciones en defensa y con dos laterales de rendimiento flaco. Cuando asomó la cabeza del fondo y trató de torear a Brasil, Nishimura sancionó el penal absurdo. Oscar marcó el tercero, sobre la hora, cuando estaba todo sentenciado.

Brasil dio el primer paso, pero no le sobró nada. Al contrario: Scolari tendrá que revisar sus papeles. O prenderle otras velas a Neymar.

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