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Carta Abierta a la Consciencia

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Acabaron con sus madres, acabaron con sus padres, acabaron con sus abuelos, acabaron con sus hermanos, acabaron con sus vecinos. Pero no acabaron con el hambre, no acabaron con el frío, no acabaron con las injusticias, no acabaron con la tristeza, no acabaron con la miseria. Misil a misil, bala a bala, bomba a bomba fueron destruyendo familia a familia, futuro a futuro, sueño a sueño. Tras un repentino estallido cerraron por última vez sus ojos y la democracia prometida nunca llegó.

Me encuentro sitiado por discursos que proclaman derechos humanos, las palabras invitan al respeto de la vida, a la libertad, a la justicia. Las voces vienen de occidente, voces que condenan la tragedia, voces que salvan criminales de recibir un trato indigno. De occidente también son las metrallas que destrozan a ráfagas de balas un discurso que se oye lejano, un discurso que se diluyó en occidente y jamás llegó a medio oriente. Más viajan las bombas que las buenas voluntades, más vale la vida de un criminal que la de un niño sirio, que la de su familia, que la de su pueblo, porque no se parece a nosotros, porque no habla como nosotros, porque no cree en lo que nosotros. Y sin embargo siguen creyendo en nosotros.

A Francia lo cimbró la tragedia. No podemos terminar de comprender como es que un puñado de hombres sin temor a dios fue capaz de terminar con la vida de más de un centenar de parisinos. Condenamos con rabia, nos solidarizamos, cambiamos los colores de nuestras banderas y oramos, oramos a un dios que parece que no nos está escuchando. Buscamos la piedad en lo divino y no apelamos a la conciencias, no exigimos a nuestros gobiernos que cese el fuego, no oramos a la cordura de nuestros iguales. Esos que no terminan de entender que no matan a un extraño, sino que están matando a un hermano.

Nos duele París, nos duele porque nos vemos ahí, porque nos vemos comiendo en ese restaurante, porque nos vemos saliendo de ese concierto, porque nos vemos dentro de ese estadio, porque nos vemos como ellos. Nos vemos en sus ojos, sentimos su desesperación, lo sentimos tan cercano que vemos tan lejos Siria; pues nadie se imagina allá, en el desierto, entre bombardeos, viendo morir uno a uno de nuestros vecinos, despertando día a día con el pánico de saber que puede ser el último. Qué realidades tan distintitas, qué tragedias tan bestiales, mientras una representa dolor, la otra indiferencia.

Tenemos miedo, nos parte el corazón de ver cómo el poderoso se arrodilla ante un puñado de hombres que perdieron todo, hasta el miedo. Mientras en el desierto a respuesta del dolor de la pérdida de los ciudadanos, los desprovistos de humanidad son avasallados por bombarderos que como acto de venganza pintan los paisajes de escombros bañados de sangre. ¿Y si en lugar de arrojar bombas desde los aviones arrojaran ayuda humanitaria?

En la tele nos dicen de la solidaridad con los refugiados sirios, pero los que se quedaron en su casa han perdido su derecho de vivir. No se trata de tomar partido, no se trata de elegir un lado, no se trata de que te duela más Francia, Siria o México, no se trata de orar a nuestro dios o al de ellos que es el mismo. Exijamos que cese la guerra, que se frene la violencia, que no exportemos democracia sino paz. Al final de cuentas dos realidades que pueden ser tan nuestras, son divididas por el vuelo de una moneda ¿águila o sol? Estar del lado del conquistado o del conquistador. Yo estoy del lado de la paz.

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