El 25 de mayo de 1935, justo hoy hace 80 años.
Fue el dia en el que Jesse Owens dejo de ser un joven negro desconocido que trabajaba en una gasolinera; para convertirse en una estrella mundial del atletismo.
En tan sólo 45 minutos batío cuatro records mundiales durante una competición estatal celebrada en Michigan. Y lo hizo descansando sólo entre nueve y 15 minutos entre prueba y prueba: 100 metros lisos (9,4 segundos), salto de longitud (8,13 metros), 220 yardas (20,3 segundos) y 220 yardas vallas (22,6 segundos), convirtiéndose en la primera persona que bajo de los 23 segundos en esta última prueba.
Este acontecimiento, considerado por muchos como una de las más grandes proezas del atletismo de todos los tiempos, fue el paso previo que sirivió a Owens para lanzarse a la conquista de los Juegos Olímpicos de Berlín, donde a base de medallas, desacredito las teorías de un Hitler que quería demostrar con aquella cita mundial la supremacía aria.
Owens llegó a su primera carrera en Michigan con un fuerte dolor de espalda que venía arrastrando desde hacía tres semanas.
Pero estaba acostumbrado a sufrir.
Owens, al borde de la muerte
Desde pequeño lucía un cuerpo raquítico y era propenso a la enfermedad. Nadie hubiera dicho entonces que aquel muchachito enclenque y enfermizo, que a los siete años estuvo al borde de la muerte por una neumonía, se convertiría andando los años en uno de los mejores atletas de todos los tiempos.
Hasta que sus padres no se trasladaron a Ohio, el pequeño Jesse no había dejado de trabajar en el campo recolectando algodón.
Una vez en Ohio, Owens pudo cambiar el campo por la escuela y mejorar su alimentación, pero aún conservaba su cuerpo enclenque. A raíz de eso, sus compañeros de clase le aparataban de los juegos y él, para no aburrirse, se dedicaba a dar vueltas y más vueltas al campo de beisbol.
El deporte, una vía de escape
Cuando su profesor de gimnasia, Charles Ripley, le vio correr, le dijo: «Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo». Y no se equivocó. Jesse había encontrado en el deporte una válvula de escape a su condición de negro, que tantos problemas conllevaba en Estados Unidos por aquel entonces.
Por eso, cuando llegó a Ann Arbor, aquel dolor de espalda no mermó sus ganas infinitas de competición y de olvidarse de los trabajos que tuvo que realizar por aquellos años para llevar dinero a una familia pobre de 8 hermanos.
La actuación de aquel día le valió a Jesse el sobrenombre de «El antílope de ébano» y una plaza en los Juegos Olímpicos de Berlín.
Hitler, que sabía que el mundo le miraba, quiso demostrar que los arios eran una raza genéticamente mejor preparada que cualquier otra. Los primeros días, el führer se mostraba exultante de felicidad ante los triunfos alemanes, que aplaudía con estusiasmo.
Pero llegó entonces el turno de aquel atleta negro y pobre que había sorprendido a todos un años antes. Una a una mientras aumentaba el cabreo del líder nazi, Owens consiguió cuatro medallas de oro, batiendo otros cuatro records mundiales.
El führer no aplaudía las medallas de Owens y sí las de los atletas blancos. Cuando un miembro del comité le advirtió de que sería conveniente de que aplaudiera a todos por igual o a ningún atleta, Hitler optó por no aplaudir a nadie.
Jesse Owens se convertía en el primer estadounidense en ganar cuatro medallas de oro en las mismas olimpiadas: 100 metros lisos, carrera de relevos de 4x100 metros, 200 metros lisos y salto de longitud, como reseñaba en un pequeño apéndice ABC en 1936. Un record que no se volvió a ocurrir hasta la llegada de Carl Lewis.
Un Hitler enfurecido
El la entrega de la cuarta medalla de oro a Owens, Hitler, atónito y enfurecido, se limitó a abandonar el estadio, según cuentan, para no verse obligado a estrechar la mano del atleta negro. Owens siempre quitó hierro a esta anécdota histórica de la que dice que no se enteró.

«Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente», asegura sin embargo Jesse Owens años después.
Después de los Juegos, tuvo muchas dificultades y pasó a ser un promotor del deporte, esencialmente un animador de espectáculos. Su autopromoción acabó finalmente convirtiéndole en relaciones públicas en Chicago, incluyendo una larga temporada como pinchadiscos de música jazz. En 1968, Owens recibe algunas críticas por apoyar los turbulentos disturbios raciales que sucedieron en los Juegos Olímpicos de México de ese año.
Jesse Owens fue premiado con la Medalla Presidencial de la Libertad de los EE.UU. en 1976 por Gerald Ford y, a título póstumo, la Medalla de Oro del Congreso por George H. W. Bush el 28 de marzo de 1990.
En 1984, una calle de Berlín fue renombrada con su nombre, al igual que una escuela secundaria en el distrito Lichtenberg.
Owens, fumador de un paquete de tabaco diario durante 35 años, mutuo el 31 de marzo de 1980 con 66 años de edad debido a un cáncer de pulmón, en Tucson, Arizona.

"Todos tenemos sueños, pero para hacer realidad esos sueños, se necesita una gran cantidad de determinación, dedicación , autodisciplina y esfuerzo." Jesse Owens



