Cancún.— El aseguramiento de 25 paquetes de cocaína dentro de una maleta en el Aeropuerto Internacional de Cancún no es un golpe al narcotráfico: es una radiografía brutal de la corrupción que opera dentro de la terminal aérea más transitada del país. No se trata de un descuido, ni de un pasajero improvisado. Se trata de una estructura interna perfectamente aceitada que permite que cargamentos de droga circulen como si fueran souvenirs.
La Guardia Nacional detuvo a una persona. Bien.
Pero esa detención no responde la verdadera pregunta:
¿Quién dejó pasar la maleta?
En un aeropuerto donde no puedes cargar una botella de agua sin que te la quiten, es impensable que una maleta llena de cocaína cruce varios filtros, áreas restringidas, bandas de equipaje, revisiones y cámaras sin la participación directa de personal interno.
Este caso revela lo que muchos trabajadores reconocen en voz baja:
- Hay puertas que se abren solo para ciertos “equipajes”.
- Existen zonas de acceso controlado manipuladas por empleados corruptos.
- Circulan maletas marcadas que nadie revisa.
- Y operan “facilitadores” con uniforme oficial.
Todo bajo la simulación de un sistema de seguridad que se vende como “de clase mundial”, pero que en la práctica funciona como un corredor privilegiado para el narco.
La narrativa oficial presume el decomiso como un éxito, pero el mensaje real es mucho más grave:
- Si cayó una maleta con 25 paquetes…
- ¿cuántas pasaron ese mismo día?
- ¿cuántas esta semana?
- ¿cuántas este mes?
El Aeropuerto de Cancún vive una doble realidad: para el turista, un paraíso de playas y sol; para el crimen, una puerta de embarque cómoda, protegida y rentable. Y mientras no se limpien las nóminas, no se auditen los accesos y no se toquen los intereses instalados dentro, cada maleta abandonada será otra pista del tamaño del problema.




