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Icarus, la estrella más lejana que vemos

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A Ícaro se le derritieron sus alas de cera de tanto que se acercó al Sol. Su anhelo por llegar muy lejos le hizo desoír las advertencias de su padre, Dédalo, para que no volara demasiado alto. A unos 14.000 millones de años luz hay una estrella que ha sido bautizada con el mismo nombre que el protagonista de esta leyenda de la mitología griega. Icarus ha sido observada por el telescopio espacial Hubble, convirtiéndose en la estrella más lejana que vemos.

Así lo aseguran tres estudios publicados esta semana en las revistas Nature Astronomy y The Astrophysical Journal, que detallan cómo se ha podido observar este estro que surgió cuando sólo habían transcurrido 4.400 millones de años desde el Big Bang. O lo que es lo mismo, cuando el Universo tenía una tercera parte de su edad actual. “Cuando nació esta estrella, ni siquiera existía nuestra galaxia“, relata en conversación telefónica desde EEUU el español José Diego, astrofísico del Instituto de Física de Cantabria (IFCA/Universidad de Cantabria-CSIC) y coautor de uno de los estudios.

Desbanca en el ránking de estrellas lejanas a otro astro situado en un cúmulo de galaxias llamado Virgo, más próximo a la Vía Láctea, y que es tan grande y tan brillante que pudo ser observada con un telescopio terrestre. “Icarus está unas 260 veces más alejada que la anterior estrella que hasta ahora mantenía el récord como la más distante. Es una barbaridad”, señala.

Una estrella gigante muy luminosa

Icarus ha sido catalogada como una estrella de tipo B o gigante, caracterizada por ser muy luminosa. Son el doble de cálidas que el Sol, pues alcanzan temperaturas que oscilan entre los 11.000 y los 14.000 grados centígrados. “Si estuviésemos cerca de esa estrella, que es miles de veces más grande que el Sol, la veríamos como si fuera azul”, señala José Diego, que se encuentra realizando una estancia en la Universidad de Pensilvania.

Este tipo de astros eran muy comunes en el Universo antiguo: “Pensamos que las primeras estrellas que se formaron, cuando el Universo era un chiquillo, eran más extremas. Eran enormes, más calientes y vivían poco tiempo. Duraban unos millones de años y luego explotaban”, explica el astrofísico.

Icarus está situada en la misma galaxia que la supernova Refsdal y fue precisamente al intentar observar su explosión cuando detectaron una inesperada fuente de luz, que resultó ser esta estrella. Su descubrimiento, detallan, ha sido posible por el efecto lente gravitacional, que amplifica la luz producida en objetos muy alejados como haría una lente. “En 2016, la estrella se alineó durante unos meses con otra estrella o con otro objeto celeste, que actúa como una microlente y que la hizo entre 2.000 y 4.000 veces más brillante”, explica el astrofísico.

Según sus descubridores, también les ayudará a estudiar las estrellas de neutrones y los agujeros negros, que de otro modo son prácticamente invisibles. También les está permitiendo entender mejor qué es la materia oscura. Con la observación de Icarus han descartado una propuesta que sugería que la materia oscura estaba compuesta por agujeros negros con una masa de entre 20 y 30 veces la del Sol, como los que está observando el interferómetro LIGO, el instrumento que ha detectado ondas gravitacionales. “Si esos agujeros negros fueran tantos para explicar la materia oscura no habríamos visto un pico tan alto de luz”, sostiene.

Cuando esté operativo el telescopio espacial James Webb, sucesor del Hubble, los astrofísicos confían en poder llegar a observar estrellas mucho más lejanas. El astrofísico español no oculta su decepción por el nuevo retraso que ha sufrido el lanzamiento del James Webb, y que la NASA anunció la pasada semana. Aunque estaba previsto que fuera puesto en órbita en 2019, no se lanzará hasta mayo de 2020, si es que surgen nuevos retrasos.

Fuente: EL MUNDO

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