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El quehacer político (parte II) – Neftalí Samsa

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El siglo XVIII fue prolífico en los quehaceres políticos. Se dieron dos grandes revoluciones como resultado de la difusión de las ideas ilustradas. Los filósofos, sobre todo franceses e ingleses, sentaron las bases sobre las cuales se producirían gobiernos innovadores. Las estructuras caducas del viejo régimen, la monarquía absolutista, se empezaron a desmoronar, primero en Francia, y luego en  Alemania, Italia; hasta extenderse a los demás países europeos. Inglaterra y España pusieron “sus barbas a remojar” y aceptaron monarquías parlamentarias, es decir, sujetas a las cámaras de los Lores y de los comunes. La influencia absoluta del rey fue acotada. Las leyes, acuerdos, decretos empezaron a pasar por la aprobación de los representantes del pueblo. Se le dejó de llamar al individuo súbdito y se le nombró ciudadano. Se tomaron en cuenta sus garantías individuales y su participación en los asuntos públicos tomó mayor importancia. Se enarboló la frase “Libertad, igualdad y fraternidad” esa era la consigna de todo gobierno próspero y progresista.

En realidad, los cimientos de la nueva forma de gobernar ya venían construyéndose desde el renacimiento. Cuando los burgos (pueblos aledaños a las nacientes fábricas e insipientes industrias), se fueron haciendo cada vez más ricos, se plantearon la posibilidad de asaltar el poder político. La Revolución Francesa ( 1789-1799) y la Revolución Norteamericana ( 1776-1781), fueron el resultado de este proceso. Los burgueses, educados e intelectualizados, en las universidades más prestigiosas del momento, decidieron tomar el poder, pues poseían, tanto los recursos económicos como los recursos académicos para lograrlo. Y lo hicieron. Establecieron un nuevo orden de ejercer el poder y hacer política. Un movimiento connotado de la época (el despotismo ilustrado), lo abanderó Federico de Prusia. Este monarca se rodeó de los filósofos, escritores, músicos, artistas e intelectuales más destacados de esos tiempos. Francois Arout Voltaire, fue la prueba fehaciente de esto. Federico de Prusia, decidió compartir el poder con quienes tenía que compartirlo para que su reinado “marchara sobre ruedas”.

Surgió el capitalismo con fuerza avasalladora. Los asuntos políticos se empataron íntimamente con los asuntos económicos. Iniciaron los financiamientos. Los burgueses proveyeron a los gobiernos de recursos monetarios para que pudieran cumplir con sus funciones. Se relegó a la iglesia, como proveedora de éstos, a un segundo plano. El mercantilismo cambió y se situó la riqueza de un país en su comercio y en su trabajo.

LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS.

Sabrán nuestros políticos quintanarroenses que para gobernar adecuadamente tienen que rodearse, en sus segundos mandos, de gente eficiente y es-pe-cia-lis-ta en su área. Démosle una miradita a los gobiernos de los países bajos. Usted tiene la palabra amable lector. ¡Hasta la próxima!

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